(extracto del documento: “La visión de Standing Together” 2025)

Un futuro de paz y reconciliación histórica

Hemos experimentado el camino de la guerra permanente, la expulsión y la destrucción sin fin, que seguirá imponiendo miseria y sufrimiento a millones de personas. Es el camino de la profundización de la ocupación en Gaza y Cisjordania; de la opresión y la discriminación contra la ciudadanía árabe de Israel y contra los judíos que se oponen al gobierno; del aislamiento internacional de Israel, del nacionalismo extremo y del empobrecimiento de la vida social; y del colapso de la solidaridad dentro de nuestra sociedad. Si seguimos por este camino, todo aquello que valoramos será sacrificado en nombre de esta guerra eterna: la educación, la sanidad, las artes, las vidas humanas y el bienestar económico; en suma, el futuro de todas y todos. Sería el camino del miedo existencial, de la vergüenza por aquello en lo que se ha convertido esta tierra, de la desesperanza y de un temor interminable.

El camino alternativo consiste en construir un futuro en el que queramos vivir: un futuro de paz y seguridad, de reconciliación histórica y de destino compartido. Un futuro en el que construyamos un Estado que sirva a todas y todos, del que podamos sentir orgullo y del que podamos sentirnos verdaderamente parte. Un Estado que viva en una paz justa junto a un Estado palestino independiente, sin ocupación; un Estado basado en la igualdad civil y nacional, sin discriminación ni racismo institucional; un Estado integrado en una región en la que todas y todos podamos vivir con libertad, igualdad e independencia; y en la que israelíes y palestinos puedan reconstruir juntos y salir del abismo en el que hemos caído. No solo habrá que reconstruir las ciudades de la Franja de Gaza: también habrá que reconstruir Israel, convirtiéndolo en un Estado que garantice la igualdad, que sirva a los intereses de todas las personas, que ofrezca un lugar para cada cual, y no nos divida, y cuya sociedad se base en la solidaridad, la responsabilidad mutua y los cuidados. Un Estado que impulse la justicia social y ambiental, cuya economía pertenezca a todas y todos, y que garantice que podamos prosperar sin ansiedad permanente, sin opresión ni explotación. Un país verdaderamente democrático, que cada una y cada uno de nosotros pueda reconocer como su hogar, porque este es nuestro hogar común.

Una paz que garantice seguridad para todas y todos

Después de las atrocidades que hemos vivido, nuestra necesidad más urgente es liberarnos del miedo. Vivir sin miedo en nuestra tierra compartida. Vivir sin la espera interminable de la próxima ronda de guerra; no tener que mudarnos porque nuestra vivienda no tiene refugio antiaéreo, ni desesperarnos al comprobar que no podemos permitirnos una que sí lo tenga; no sentir culpa porque nuestras hijas e hijos aprenden a decir “alarma de misiles” antes de poder decir la palabra “cuento”; dejar de ver cómo cada vez más amistades y seres queridos abandonan esta tierra porque tienen miedo y han perdido la esperanza. Este es el derecho más básico que merecemos todas y todos, judíos y árabes: una paz que nos garantice la tranquilidad y la protección que las personas sienten cuando están en casa.

Una paz en la que una madre judía no pase toda la infancia de su hijo temiendo el día en que cumpla 18 años y sea reclutado por el ejército; y en la que una niña de Gaza no se asuste cada vez que oye pasar un avión. Esto significa poner fin a la ocupación y al control militar sobre millones de palestinos, avanzar hacia la reconciliación histórica, establecer un Estado palestino independiente mediante negociaciones en pie de igualdad entre Israel y el liderazgo palestino, y construir un futuro en el que las armas no estén en manos de Hamás, de milicias de colonos o de grupos criminales organizados, sino únicamente en manos de las fuerzas legítimas de seguridad de ambos Estados.

Una paz de dos Estados en una tierra compartida

Dos pueblos viven en esta tierra, su hogar, y ambos la aman y están ligados a ella. Las raíces de ambos pueblos son profundas aquí, y ninguno de los dos va a desaparecer ni a marcharse. Somos socios en esta tierra; solo podemos prosperar aquí juntas y juntos, y ya hemos aprendido que las vallas altas no crean buenos vecinos. Pero tampoco queremos borrar nuestras identidades: ni la identidad judío-israelí ni la identidad árabe-palestina. La paz que queremos concederá a ambos pueblos libertad, igualdad, reconocimiento mutuo e independencia, y hará posible así una verdadera asociación que no se base en la fuerza ni en la supremacía. Quienes habitan esta tierra han vivido injusticias y traumas intergeneracionales que no sanarán de la noche a la mañana; por eso, el reconocimiento compartido y la reparación de los daños del pasado son necesarios para superar la falta de confianza en nuestras sociedades, generar un sentimiento de seguridad y construir las bases de un futuro compartido. Solo así podremos imaginar colectivamente el bien común para todas y todos, y avanzar juntos hacia él.

¿Qué significa esto en la práctica? Establecer dos Estados democráticos independientes basados en las resoluciones de Naciones Unidas, como resultado de negociaciones y sobre la base de entendimientos y acuerdos aceptados por ambos pueblos; Estados que compartan determinadas instituciones conjuntas acordadas de carácter confederativo; una Jerusalén no dividida que sea capital de ambos Estados; la protección de la libertad religiosa en los lugares santos de todas las religiones; el retorno de la mayoría de los colonos a Israel; una solución justa y acordada para las personas refugiadas palestinas; y fronteras abiertas que permitan a los judíos rezar en la Cueva de los Patriarcas y en la Tumba de José, y caminar por el valle de Kelt, y que permitan también a los palestinos bañarse en las playas de Tel Aviv o visitar las aldeas de las que sus abuelos y abuelas fueron expulsados en 1948.

Una paz de conexión, no de separación

La paz que soñamos entre Israel, Palestina y el mundo árabe no es una paz basada en la división, sino en la conexión entre los dos pueblos y con el conjunto de Oriente Medio. Es una paz en la que nuestros socios en los negocios, la ciencia, el deporte y el arte se encuentran al otro lado de la frontera. Una paz en la que bailemos en Beirut y viajemos a Nablus y Hebrón, del mismo modo que libaneses, sirios y palestinos coman sabij en Ramat Gan y recen en Nazaret y Jerusalén. Sabemos que el sentimiento de pertenencia y el amor de ambos pueblos por esta tierra no terminan en la futura frontera, y queremos una paz que permita la libertad de movimiento entre Israel y Palestina; una paz en la que nuestros oídos se acostumbren a escuchar árabe y hebreo en todas partes, y en la que ambas sociedades aprendan a no odiar.

Una paz para un Israel democrático e igualitario, también para la ciudadanía palestina

La paz entre el Estado de Israel y el Estado de Palestina no puede ser una paz en la que la ciudadanía árabe-palestina de Israel quede atrapada entre dos aguas. Debe ser una paz que reconozca el agravio histórico y décadas de discriminación, y que ponga fin a la realidad en la que una ciudadana o un ciudadano árabe-palestino de Israel es ciudadano de un Estado en guerra con su propio pueblo. Proponemos, por el contrario, que junto al Estado palestino independiente trabajemos para establecer un nuevo Israel, democrático e igualitario, en el que todas las personas se sientan en casa y disfruten de igualdad civil y nacional y de sus beneficios. En un Estado así no habrá una Ley del Estado-Nación racista, ni leyes de ciudadanía discriminatorias; tanto el hebreo como el árabe serán lenguas oficiales enseñadas en todas las escuelas, y la ciudadanía árabe-palestina de Israel vivirá en su país sin condiciones, discriminación ni negación de derechos.

Una paz que nos permita participar plenamente en la vida cívica

Cuando esta guerra interminable y la ocupación lleguen a su fin, podremos ganar nuestra lucha por construir una sociedad civil y no militar. No sucederá en un solo día, pero es importante imaginarlo: una agenda pública y una política centradas en resolver problemas cotidianos como la vivienda, la educación, el transporte público y la sanidad, los mismos problemas que compartimos todas y todos; un Estado que invierta nuestros impuestos en encontrar soluciones a esos problemas, en lugar de destinarlos a más guerras que cuestan miles de millones; y liderazgos que no sean generales, sino mujeres y hombres procedentes de trayectorias y experiencias diversas, como docentes, activistas sociales y trabajadoras y trabajadores sociales. Una sociedad en la que las armas no estén presentes en todas partes, donde el ejército no esté en las escuelas y los problemas no se resuelvan mediante la violencia. Un Estado que necesite muchos menos soldados y una sociedad en la que la contribución de cada persona no se mida por su servicio militar, y en la que las cuestiones relativas al servicio militar obligatorio no sean una fuente de enorme controversia. Una vida de rutinas sanas, no de emergencias interminables.

La visión de Standing Together (Documento completo):